Mientras el corte de la pica tenía
frescura, la resina goteaba lenta pero constantemente por lo que al
cabo de 3 ó 4 picas ( dependiendo de la temperatura, a mayor
temperatura la resina fluía con más rapidez y por tanto
se necesitaba menos picas para llenar los cacharros ), resultaba obligado
quitar el cacharro del pino y sustituirlo por otro vacío dejando
éste en el suelo tapado con pizorras o virutas para evitar que
entrase impurezas o agua de lluvia. Los mejores pinos y otros muchos
en los meses de más calor, podían llenar dos o incluso
tres cacharros.
Para realizar la remasa o recogida de la resina, el resinero debía
recorrer pino por pino para volcar cada cacharro en un cubo de
unos 16/18 litros de capacidad, valiéndose de una espátula
o paleta (primera imagen). En los últimos tiempos se usaba
un carretillo ( segunda imagen )que eliminaba el cargar con el
cubo.
Una vez lleno el cubo se vaciaba en la cuba ( última imagen
) o bidón, cuya capacidad oscilaba entre 160 y 200 kilos netos
por término medio, cada una de ellas iba numerada. El intervalo
entre una remasa y otra era variable dependiendo de la temperatura pero
rondaba los 20/28 días.
Por lo que respecta a las cubas,
el empresario se encargaba de proporcionarlas, contratando para ello
a alguien que aportaba los elementos de tracción necesarios:
carro y animales de tiro, tractor o camión, dependiendo de las
distintas épocas y de los sucesivos avances mecánicos.
Este
transportista las distribuía en varios puntos de cada mata, siendo
el resinero el que ubicaba a su conveniencia cada cuba pero siempre
al borde de un carril o lugar accesible para su acarreo posterior. El
carretero una vez acabada la remasa pasaba recogiendo las cubas llenas
y las llevaba hasta los puntos de carga ( los carges ) donde
en camión eran trasladadas a la fábrica.
La distancia a la cuba era considerable y el transporte del cubo lleno
suponía un notable esfuerzo. Además los últimos
años la altura a la que se encontraba los cacharros era importante.
La climatología adversa apenaba más aún la labor,
en tiempo frío la resina estaba más dura y por tanto se
desprendía peor del cacharro y en pleno estiaje las tórridas
temperaturas venían acompañadas de tábanos, zapateros
y en primavera la procesionaria ( provocaba hinchazón
de manos al coger objetos que habían estado en contacto con la
oruga).
Hacia finales de la segunda decena de Octubre y antes de la última
remasa se procedía a barrascar que consistía en
raspar toda la resina concentrada en las caras y en las hojalatas por
medio de un raspador llamado barrasquillo . Terminado el barrasco
y la última remasa, los cacharros se dejaban en el suelo de manera
que no se llenasen de nieve o de lluvia durante el invierno para evitar
su resquebrajamiento por las heladas.
Los descuentos por impurezas en las cubas ( virutas, pizorras, insector,
agujas de pino, agua procedente de la lluvia...etc que a pesar de la
escrupulosidad del resinero no podía ser eliminada totalmente
) por lo general se admitía un 2 % en las remasas normales y
el 3% en la del barrasco. El pesaje de las cubas se realizaba en la
fábrica si bien a dicho acto debía acudir un representante
de la administración forestal.